Don Bosco Fambul: el centro de los hijos pródigos de Sierra Leona

fotonoticia_20150406112010-15041256699_9999Más de 3.000 menores han sido salvados de vivir en las calles desde 1998

FREETOWN, 6 Abr. Mohamed tiene 14 años, los ojos grandes y una sonrisa pícara. Lleva cuatro meses en Don Bosco Fambul. Cuenta con naturalidad por qué llegó al centro: “Le robé a mi padre 20.000 leones (4 euros) y me fui de casa por miedo a que me pegara una paliza cuando se enterara. Me arrepentí, pero tuve miedo y sabía que él no me perdonaría. Un día, un autobús de Don Bosco se acercó al mercado donde dormía y un joven me invitó a ir con ellos. Me convenció su cercanía porque también había vivido en la calle”, comenta.

Más de 3.000 menores han sido salvados de vivir en las calles y, en la mayoría de los casos, han regresado con sus familias desde 1998. Aquel año un misionero salesiano comenzó en las calles de Freetown un programa de recogida de estos menores, adolescentes y jóvenes para ofrecerles una comida caliente, un baño, un lugar donde dormir y ropa limpia.

En casas alquiladas primero, y cambiando cada poco tiempo de vivienda por las protestas de los vecinos, los Salesianos consiguieron en 2002 finalizar el actual edificio Don Bosco Fambul y, con el tiempo, mejorar tanto el programa y los resultados que en la actualidad se habla de “mucho más que centro de menores de la calle, porque les damos atención, los protegemos y les ofrecemos orientación y realizamos un seguimiento para la reintegración en la vida familiar y que continúen con sus estudios”, asegura Ubaldino Andrade, misionero salesiano y director de Don Bosco Fambul.

Cada año, un grupo de entre 50 y 70 menores con edades que van desde los 9 hasta los 15 años convive durante 11 meses en Don Bosco Fambul antes de regresar con sus familias. Llegan con la ley de la calle en sus rostros, con la violencia en sus formas y en el lenguaje, “pero poco a poco van aceptando horarios, normas de convivencia y convenciéndose de que en el centro no tienen que sobrevivir como en la calle porque a todos se les trata igual y tienen asegurados dos baños diarios, tres comidas, medicinas, educación, orientación y un lugar donde dormir”, asegura el padre Ubaldino.

Hasta llegar al centro, muchos reconocen haber tomado drogas, haber trabajado explotados en lo que podían para conseguir algo de dinero, sentirse sucios, haber llorado mucho recordando a su familia y haber tenido que robar para sobrevivir. Algunos tienen también un largo historial policial de detenciones detrás…

La familia de Don Bosco, que es lo que significa Fambul, está formada por trabajadores sociales pero, sobre todo, por muchos jóvenes voluntarios que en su día pasaron por el centro y decidieron formarse antes de regresar para ayudar a otros muchachos como ellos. Entre todos están pendientes de los chicos las 24 horas del día, pero también salen a la calle a evaluar nuevos casos, visitan a las familias, siguen un proceso de orientación con los menores hasta que se sinceran y superan todos los traumas y los miedos…

Hace 9 años, el centro tomó una dimensión definitiva en todo el país. El salesiano alemán Lothar Wagner impulsó Don Bosco Fambul hasta lo que es hoy, un lugar de referencia con un trabajo reconocido en la protección de los menores.

AUTOBÚS DON BOSCO

En este tiempo empezó a funcionar el autobús de Don Bosco, que salía todas las noches con voluntarios, trabajadores sociales, una enfermera y seguridad para repartir comida y hablar con los menores que dormían en las calles. Su llamativa decoración, con dibujos que explicaban la reintegración en el hogar, fue rápidamente una seña de identidad; poco después se puso en marcha el ‘childline’, un número gratuito, el 116, que apareció anunciado en todos los lugares y que permitía a los menores llamar sin coste y contar sus problemas o pedir ayuda.

En esos casos, la llamada era redirigida directamente a los Salesianos, que salían a recoger a los menores… Se comenzó a trabajar en colaboración con otras ONG, a fomentar los contratos de aprendizaje tutelados para los adolescentes y jóvenes de las calles y se apostó por un programa integral para los menores para que no volvieran a las calles al comprobar que la reintegración familiar era más fácil cuanto más pequeños eran.

El trabajo del centro comienza con la época de lluvias, en los meses de abril, mayo y junio, cuando los voluntarios y trabajadores sociales visitan de madrugada con el autobús del centro los lugares donde suelen dormir los menores. Ahí se realiza la primera evaluación de cada caso y se le ofrece comida, ropa, asistencia sanitaria y se le invita, pasado un tiempo a visitar el centro. Gracias a este trabajo muchos pueden reintegrarse a los pocos meses sin necesidad de estar en Don Bosco Fambul.

Es imprescindible hablar con la familia para que dé el permiso para recoger al menor y, salvo que sea una emergencia por su estado de salud, siempre se hace así. Los padres saben que los niños están en Don Bosco Fambul y los Salesianos conocen la otra versión de las causas que los llevaron a la calle y las posibilidades de reintegración.

CONDICIONES PARA ACCEDER AL CENTRO

Lothar Wagner expresa las dos condiciones necesarias para que un niño pueda acceder al programa del centro antes de regresar con su familia: “Tiene que manifestar que está cansado de vivir en la calle más allá de porque le demos ropa o comida y, sobre todo, tiene que estar convencido de que quiere regresar con su familia y quiere que sepamos quién es su familia”.

El ébola, sin embargo, ha trastocado los planes del último grupo, que comenzó en enero, y no en octubre como es habitual. “Teníamos tanta desinformación y hasta temor, que hubo que cerrar el centro el año pasado y no lo reabrimos hasta enero. Seguimos pagando y compensando a los trabajadores, pero no podíamos arriesgarnos. Trajimos termómetros y material sanitario de Alemania porque aquí no había nada”, comenta el padre Ubaldino.

Los menores son autosuficientes en el centro: tienen que aprender horarios, a respetarse, a preocuparse los unos por los otros y a ser autónomos. Ellos mismos preparan el desayuno, limpian las instalaciones, se duchan dos veces al día, reciben clases por la mañana, tienen juegos por la tarde, terapia a través de talleres de baile, música o deporte por equipos y también hay un tiempo de orientación personal y grupal varias veces al día y asambleas conjuntas para corregir comportamientos, escuchar la radio, ver una película y rezar, pero hasta en esto el menor está en centro de todo, “porque se hacen oraciones católicas pero también musulmanas para respetar la religión de los pequeños”, asegura Wagner.

Las clases informales que reciben se dividen en cuatro niveles. No tiene que ver con la edad, sino con la formación, y así, hay el nivel A-alto, el B-intermedio, el C1-que han ido algún curso a la escuela pero apenas se acuerdan y el C2-que nunca han ido a la escuela.

TRES ETAPAS

En los 11 meses que los menores pasan en el centro atraviesan por tres etapas. En la primera, los tres meses iniciales, dependen de otros: es una etapa de adaptación a las normas, a los horarios, al resto de menores y a darse cuenta de que no es necesaria la violencia ni la competencia por sobrevivir porque todos tienen el mismo trato, el mismo número de comidas y baños al día… En esta etapa se da el reflejo de lo que es la calle y son frecuentes las peleas, las discusiones y no todos aguantan esa lucha interna que sufren y alguno abandona y regresa a la calle.

La segunda etapa, durante el segundo trimestre en el centro, es de consolidación: el menor depende de él para entender su futuro y su deseo de regresar a casa. “Es un tiempo en el que mejoran en sus estudios y dan un cambio físico increíble de cómo llegaron de débiles hasta la estatura y la complexión que deberían tener para su edad”, asegura Andrade.

“En la primera etapa se daban cuenta de que no sabían leer, por ejemplo, y en esta etapa asumen qué deben hacer para aprender; todo depende de ellos, nosotros sólo les damos los instrumentos”, comenta Wagner.

La tercera etapa es la de la de dependencia de la familia, porque el menor necesita que la familia lo acepte y lo acompañe cuando esté con ella. En los dos últimos meses, por turnos, primero van a casa durante un fin de semana, mientras hay un trabajo paralelo de los voluntarios y de los trabajadores sociales para visitar asiduamente a las familias y prepararlas también para la reintegración.

VUELTA A CASA

La primera visita del menor a su casa es una fiesta, como el regreso del hijo pródigo, con comida, baile, abrazos, cariño, alegría, y no sólo de la familia, sino también de la comunidad en la que vive… El director de Don Bosco Fambul lo define muy bien: “Para muchas familias sus hijos estaban muertos hasta que les pedimos permiso para recogerlos y están contentas y agradecidas”.

El último mes, agosto, coincide con las vacaciones escolares y todos pasan ese mes en sus casas. Es un periodo trascendental porque ya no hay fiestas como el primer día y los menores tienen que ayudar en casa y aceptar otro tipo de normas. “Es un tiempo decisivo porque sirve, a los menores y a los trabajadores sociales, para descubrir situaciones que pueden ser un problema más tarde”, explica Lothar Wagner.

En las primeras semanas de septiembre se produce el regreso definitivo de los menores a sus casas. Los padres van a Don Bosco Fambul a buscarlos y se les entrega el documento de que reciben a sus hijos. Ese día estrenan ropa y se marchan convencidos de su nueva vida.

“Todo tiene su sentido porque en esos días comienza la escuela y se busca que se reintegren en sus familias, pero también que sigan estudiando”, matiza el padre Ubaldino.

SEGUIMIENTO DURANTE AÑOS

Y no todo acaba aquí, ya que los voluntarios y los trabajadores sociales visitarán tres veces al mes durante los siguientes años, hasta que cumplan los 18, a los menores, a las familias y la escuela para comprobar que la reintegración ha funcionado e intentar solucionar cualquier problema que surja.

Tampoco será el día de la reintegración el de la despedida entre ellos, muchos amigos ya inseparables, ya que se aprovechan las fiestas salesianas (Don Bosco el 31 de enero, María Auxiliadora el 24 de mayo, la Inmaculada el 8 de diciembre) o el Día del Niño, el 16 de junio, para reunirlos de nuevo en las instalaciones de Don Bosco Fambul.

Como reflexiona el director de Don Bosco Fambul, Ubaldino Andrade, “el joven es el centro de todo, no hay recetas idénticas y aunque las situaciones son bastante comunes, cada joven es único y así hay entendemos que hay que tratarlo”.

Precisamente por esta dedicación a los menores y jóvenes de la calle, cuando se supo que se había decretado un segundo toque de queda de tres días en Sierra Leona los voluntarios y los trabajadores sociales salieron para invitar a todos los jóvenes a acudir al centro ese día ya que estaba prohibido permanecer en la calle. “En el primer toque de queda, en septiembre pasado, tuvimos a 80 chicos; en este último, vinieron 135”, señala Lothar Wagner.

Fueron tres días de actividades de ocio y recreativas para ellos y antes de marcharse recibieron una bolsa con comida y ropa limpia. Tuvieron una colchoneta para dormir, pudieron bañarse y recibieron medicinas y comida caliente. Los tres días sirvieron también para orientarles y preguntarles por sus familias, “con el buen resultado de que 35 de ellos se fueron a sus casas con sus padres y hermanos”, concreta Andrade, mientras que un pequeño grupo que quería volver al hogar y que las circunstancias en su casa no lo han permitido de momento se ha quedado en Don Bosco Fambul.

Allí están estos días reconociendo el laberinto de escaleras y aulas para aprovechar al milímetro cada rincón en el que se acoge y atiende para que se sientan como en casa todos los ‘hijos pródigos’ que viven en las calles. A todos ellos, los Salesianos se empeñan día a día en devolver a sus hogares con sus familias, “el mejor lugar donde puede vivir un niño y crecer siendo feliz”, concluye Ubaldino Andrade.

(Por Alberto López Herrero, Misiones Salesianas)

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