Se ha bajado la guardia contra el ébola

sierra_leone_topo_mapJavier Atienza (Valladolid, 1983) lleva en Sierra Leona desde julio de 2014. Un año y medio desde que decidió acudir al país africano para colaborar en una clínica de Kamabai en plena selva, que gestiona el padre José Luis Garayoa, un misionero de la orden de los Agustinos Recoletos que fue profesor en el Colegio San Agustín de Valladolid. Una vez allí, estalló la epidemia del ébola que obligó a cerrar ese pequeño centro, pero este joven vallisoletano consideró que no era lo más apropiado «escapar» del país ante una alarma sanitaria en toda regla, que según la OMS se saldó con 28.000 contagios y 11.315 muertos en África. Ahora narra su historia durante unas vacaciones en España, antes de regresar a Sierra Leona el próximo 16 de febrero.

¿Cómo se enteró de los primeros contagios del ébola en Sierra Leona?
Estaba en la clínica de Kamabai en mitad de la selva, pero jamás pensamos que allí podía llegar el virus. Nuestra sorpresa fue cuando nos enteramos que los casos de esta enfermedad estaban a 20 kilómetros de nuestro poblado.

¿Por qué decidió quedarse en Sierra Leona y no regresar?
Una amiga de La Coruña, que estaba en el centro de coordinación del ébola, me dijo que la ONG Emergency buscaba cirujanos de forma desesperada en Sierra Leona. Así que me fui al hospital que tiene esa ONG en Freetown que, al final, fue el único que funcionó con más o menos normalidad durante toda la epidemia. Hay que tener en cuenta que el 40 por ciento de la población sanitaria falleció durante los primeros meses de la epidemia del ébola y otros muchos abandonaron el país. Ante este panorama tan crítico, pensé que lo mejor era quedarse.

¿Cuánto personal había en ese hospital de la ONG en Freetown?
Habitualmente, había un cirujano general, un cirujano traumatólogo y yo como cirujano de guerra, además del personal sanitario local. Profesionales que permitieron mantener la ocupación total del centenar de camas del único hospital de traumatología y cirugía pediátrica de los tres países azotados por el ébola (Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia). Es un hospital puramente quirúrgico y si había alguna sospecha de un enfermo de ébola se procedía a su aislamiento. Una vez aislado, se trasladaba al hospital de ébola que tenía la misma ONG.

¿Y hubo muchos aislados?
Hubo varios aunque el gran éxito del centro es que no tuvimos ningún paciente con ébola ingresado. Los controles fueron efectivos y todos fueron aislados para ser llevados a centros de tratamientos, ya fueran de la ONG o de otras organizaciones.

¿Existieron contagios entre el personal sanitario?
En septiembre se infectó un pediatra ugandés, el encargado de montar los sistemas de filtros para controlar cada paciente al entrar al hospital de Emergency. Finalmente, fue enviado al centro del ébola en Alemania y sobrevivió tras sufrir varias amputaciones. Cuando estalló el primer caso entre nuestro personal fue muy duro. Posteriormente, hubo cinco compañeros occidentales más infectados por el ébola que se curaron en hospitales de Sierra Leona.

¿Usted se libró?
Yo y el pediatra ugandés compartíamos baño por lo que una vez que se contagió tuve que someterme a controles. Al final cogí una fiebre tifoidea, que tiene los mismos síntomas que el ébola, como 40 de fiebre, diárrea, dolor de huesos y vómitos. Me aislaron tres días. Fueron los tres días más largos de mi vida y con esa angustia vi pasar ante mí toda mi vida. Sin duda, el peor momento de mi estancia en Sierra Leona.

¿Es su peor recuerdo?
Uno de ellos. Ha pasado más de un año de aquello y aún tengo pesadillas por lo que he vivido en Sierra Leona. No me quito de la cabeza la imagen de una niña de 16 años que abortó a causa del ébola y que, finamente, murió desangrada. Pero también la dura decisión de rechazar algunos pacientes por tener síntomas de ébola. Suponía la muerte de esas personas pero era eso o contagiar todo el hospital y proceder a su cierre, lo que provocaría cientos de fallecimientos por otras enfermedades. El ébola nos ha cambiado la vida para siempre a mucha gente.

¿Qué hubiera ocurrido con el cierre del centro donde trabajaba?
Una tragedia añadida. El problema de la epidemia no fue la gente que murió de ébola sino de otras enfermedades. Las principales patologías que azotan África son la malaria, la diarrea y el tifus. El ébola fue un problema añadido y por el daño colateral que causó en otras patologías. Son enfermedades de libro por lo que si no tienes un tratamiento, falleces. Un tratamiento que es muy barato y muy efectivo pero la gente no cuenta con dinero para adquirir esos fármacos. Es el capitalismo salvaje y la mayor parte de la población solo puede pagar los servicios de un brujo. La estructura sanitaria en Sierra Leona ya era desastrosa antes del ébola por lo que la aparición de la epidemia empeoró aún más esa situación.

¿Cómo fueron los primeros meses de la epidemia en Sierra Leona?
Al poco de llegar a Freetown, el panorama era dantesco con cadáveres en las calles que nadie retiraba y que comían los perros. Es más, era habitual que nos dejaran los cuerpos sin vida a las puertas de nuestro hospital porque era un lugar donde los recogíamos. Luego, se aplicó el toque de queda y a las 19 horas no había nadie por las calles, con bares y comercios cerrados. Recuerdo otra imagen de ir por las calles, tras salir del hospital, y no cruzarme con perros que es lo habitual en las ciudades africanas. No quiero ni pensar lo que ocurrió a esos animales.

¿Fue un inconsciente al quedarse allí?
En una situación tan crítica, pierdes el sentido de la realidad y no piensas en los riesgos porque además tenía jornadas laborales de 12 horas. Profesionalmente y como humano, estaba convencido que Sierra Leona era el lugar donde tenía que estar para ayudar.

¿Están hechos de otra pasta los sanitarios que trabajan en misiones humanitarias en países en vías de desarrollo o en conflicto?
Es un estilo de vida diferente. Se trata de una forma de convivir con uno mismo. Yo elegí esta vida que es tan loable como los compañeros que optan por trabajar en un hospital de España.

Las estadísticas oficiales señalan que Sierra Leona registró unos 4.000 muertos por el ébola. ¿Se cree esa cifra?
Debió ser mucho mayor. La práctica de los tampones (test del ébola en cadáveres) en Sierra Leona se realizó en los últimos meses por lo que es imposible conocer el número de muertes que causó la epidemia. Antes, todo cuerpo iba a la fosa común por el temor a posibles contagios ya que el cadáver es lo más infeccioso.

¿Por qué reaccionó Occidente y decidió ayudar a los países africanos?
Porque suponía un amenaza para Occidente. El grave problema es que el hambre en África no es contagiosa. Además, un país como Sierra Leona tiene multitud de recursos naturales como petróleo, diamantes, metales preciosos y minerales superconductores.

¿Hay riesgos de reinfección?
No se va acabar nunca, al menos desde mi opinión y por lo que he vivido allí. Tal vez, piensen otra cosa los científicos o los epidemiólogos. Hay muchos supervivientes y el virus va seguir saltando. Es un antropozoonosis más como la gripe o la viruela. Antes había menos movilidad y el virus no se propagaba pero ahora es imparable una vez que el virus mutó y hay más movimientos de población.

¿Se ha bajado la guardia en Sierra Leona con el ébola?
Totalmente. La guardia se ha bajado muchísimo porque llega un momento que no se pueden aguantar tantos controles y hay que recuperar la vida. Es normal porque hemos vivido un año y medio de psicosis, con lavado de manos con lejía varias veces al día y en los momentos más críticos, incluso, se evitaba el contacto.

¿Y cómo afrontará su vuelta a África?
Tras mis vacaciones, regreso el 16 de febrero a Sierra Leona para continuar con mi trabajo de cirujano de guerra en la ONG Emergency aunque lo alternaré con estancias en Afganistán, donde la organización cuenta con tres hospitales para atender víctimas de los conflictos armados. Soy consciente que este tipo de trabajo es una losa pero, de momento, no me planteo volver a España.

Fuente: eldiadevalladolid.com

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