Trabajo humanitario en África

Jimena Martínez Almudevar es ginecóloga y vive en Bariloche hace cinco años. Pertenece a Médicos Sin Fronteras (MSF) por un solo objetivo: ayudar a personas en estado de vulnerabilidad absoluta que viven en zonas afectadas por guerras, epidemias o desastres naturales. En esos viajes, convive con la muerte a toda hora. “Hay situaciones que impactan”, dice, pero enseguida aclara que “es muy satisfactorio cambiarle el destino a los pacientes”.

MSF es una organización humanitaria creada en 1971, en Paris, por un grupo de médicos y periodistas. En la actualidad, cuenta con más de 20 oficinas, 32.500 trabajadores en el terreno y recibe el apoyo de más de 5 millones de socios y colaboradores de diferentes países del mundo.

La última misión que realizó Jimena fue en 2015, en Sierra Leona, un país africano muy atacado por el ébola, que tuvo una tasa de mortalidad del 70% durante ese año.

Estuvo dos meses en esta pequeña Nación, desempeñándose en una unidad de maternidad para mujeres embarazadas con el virus montada por MSF.

”Fue una experiencia muy dura. Son muchas las personas de Sierra Leona y de otros lugares de África que no tienen ayuda médica de ningún tipo”, dice la ginecóloga, sentada en su consultorio de Bariloche, donde recibió a ANB para contar detalles sobre su trabajo humanitario.

ANB: ¿Cómo te preparaste para esa misión?

JMA: Hubo una capacitación previa de cerca de una semana, en la que nos enseñaron, entre otras cosas, a usar el traje con el que teníamos que trabajar para no contraer el ébola, ya que esta enfermedad se contagia por contacto directo. Me lo tenía que colocar con una técnica especial y me lo sacaba con la misma modalidad. También Médicos Sin Fronteras nos brindó mucha información sobre el destino y acerca de cómo debíamos movernos allí. Trabajé bajo condiciones de bioseguridad muy estrictas.

ANB: ¿En qué consistió tu trabajo?

JMA: Brindaba atención médica a mujeres embarazadas con ébola. Cuando una paciente llegaba con sospecha de haber contraído la enfermedad, la analizábamos para constatar si padecía el virus o no y así decidir si se quedaban en el centro de maternidad o si se iban a otro sitio en caso de no estar infectadas. Hice muchísimo trabajo de obstetricia y ginecología.

”Mucha gente murió como consecuencia del virus. Sus síntomas principales son fiebre, abstemia, cansancio, cefalea y dolor abdominal. La enfermedad luego puede desencadenar en diarrea, hemorragia y trastornos neurológicos”, indica Almudevar.

La epidemia del ébola en Sierra Leona provocó una innumerable cantidad de decesos en muchos casos por el poco acceso de las personas a un servicio de salud. “La gente se muere porque no puede ir a un centro asistencial para que le hagan una cesárea”, asegura Jimena, y sus ojos le brillan de tristeza.

”Fueron dos meses muy intensos. Tratamos con pacientes en riesgo. La intención del proyecto no era sólo bajar la mortalidad que por suerte se logró, sino también brindar contención”, aclara la profesional.

ANB: ¿Cómo es convivir con la muerte permanentemente?

JMA: Es muy difícil. Nunca naturalizás la muerte. Cuando uno va a este tipo de lugares tan vulnerables siempre ve el lado positivo y no lo negativo. Muchas veces el objetivo no es salvar la vida de una persona, sino lograr que tenga una muerte tranquila y digna, y evitar el contagio al resto.

Jimena se sumó a MSF en 2014, año en el que efectuó su primera misión. Le tocó ir a Nigeria, también a aportar su conocimiento ginecológico. “Decidí empezar a hacer este tipo de actividad humanitaria porque me gusta cooperar para que las cosas vayan mejor. Simplemente es devolver a la comunidad algo del conocimiento que pude adquirir. Ni más ni menos que eso”, explica.

”Uno no puede salvar a todo el mundo y tampoco esa es la idea. A veces las personas se mueren no por culpa nuestra. Fallecen por la difícil vida que llevan y esto es tristísimo. Impacta y duele”, dice.

”Vivir estas experiencias me hizo dimensionar la importancia del sistema de salud pública que hay en Argentina, porque más allá de las deficiencias que pueden existir, cualquiera puede ir a un hospital y recibir atención. En otros lados no es así”, afirma Jimena.

La médica también destaca que “en nuestro país tenemos agua potable para tomar y hasta para lavar, y hay muchas ciudades del mundo en las que no tienen este bien tan necesario. “Hace tiempo que valoro cada vez más la manera en la que vivimos en Argentina, a pesar de que obviamente hay mucho por mejorar”, añade.

Cada año, MSF envía a territorio a más de 2.500 profesionales que llevan adelante tareas con mucha gente local contratada. En la actualidad, tiene 384 proyectos de acción médica y humanitaria en 63 países. Cuenta con 5.7 millones de socios y personas que ayudan en todo el mundo. Por su labor, la organización recibió en 1999 el Premio Nóbel de la Paz.

La entidad brinda asistencia médica a poblaciones víctimas de catástrofes naturales, guerras, epidemias y pandemias, y enfermedades olvidadas, sin ningún tipo de discriminación por religión, raza o posición política.

Monta una estructura en la que participan psicólogos, enfermeros, ginecólogos, obstetras, administrativos, arquitectos y periodistas.

Jimena no extraña su rutina en Bariloche cuando se va a desarrollar misiones. “No tenés ni tiempo para extrañar, porque estás a full todo el día. Muchas noches dormís solamente dos horas”, remarca. No obstante, confiesa que llega un momento en el que necesita pegar la vuelta para “estar tranquila”.

Su segundo viaje fue a Sierra Leona, y posiblemente lleguen muchos más, porque más allá de codearse en todo momento con la muerte, la gratificación es mucha. “En este trabajo saco lo mejor de mí. Yo sinceramente me quedo conforme con al menos en un momento puntual, cambiarle el destino a un paciente”, dice, con orgullo. (ANB)

Fuente: anbariloche.com.ar

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