Viaje del ébola a Darfur sin tener nunca miedo

Dice que ella no tuvo revelaciones. No hubo un momento o una circunstancia especial en su vida que le hicieran darse cuenta de que quería ser voluntaria. Siempre tuvo claro que quería ayudar a los demás, pero el resto fue surgiendo sin ser muy consciente de cómo. Ahora sí lo es. Sobre todo, del sufrimiento ajeno. Ese del que ha sido testigo en los últimos cinco años. El que le permite estar convencida de que está donde quiere estar, donde tiene que estar: de coordinadora médica en la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Hace dieciocho años que Cruz García no vive en Moraña. Es solo «el sitio en el que recibo las cartas». Y en el que nació. A veces pasa algunas semanas entre una misión y otra de MSF, pero desde que comenzó el año y pasó a ingresar en exclusiva para la Unidad de Emergencias la actividad ha sido constante. Ahora está a la espera de regresar a Yemen, el país que la vio nacer como personal sanitario de la entidad benéfica. Los últimos bombardeos en zonas próximas al hospital al que están destinados los trabajadores de la asociación internacional han obligado a evacuarlas. Y ella pasa los días atenta a cada avance o retroceso en el conflicto yemení, pendiente de poder coger sus cosas e irse allí. Lo hacen todos los responsables de la oenegé aunque estén de vacaciones, en dique seco o de parón temporal. No pueden evitarlo. Saben cuándo hay un pico de malaria en Etiopía o un brote de fiebre amarilla en Angola.

Y, aún así, no tiene miedo. Nunca lo ha tenido, dice. Ni en el proyecto Ébola que llevó a cabo en Sierra Leona, ni cuando atendió a las víctimas del tifón que asoló Filipinas, ni a los refugiados en Siria. Tampoco lo hizo ninguna de las tres veces que estuvo en Etiopía, aunque dos de ellas estuviera en la frontera con Somalia, donde se asientan los habitantes que huyen de la sangrienta guerra que amedrenta al país africano. Ni ninguna de las dos que viajó a Sudán del Sur, ni en Guinea, Colombia o Darfur. «Eres muy prudente, te formas antes de ir. Por ejemplo, cuando vas a Sierra Leona pasas un tiempo con un sénior de ébola, que te obliga a seguir unas normas muy estrictas. Cuando te pones el equipo delante del espejo tienes a dos personas mirándote fijamente, y si te dicen ‘‘eso está mal pegado’’, tienes que repetir todo el proceso de cero», explica.

Sus últimos destinos los ha cubierto como referente médica del proyecto; es decir, coordinadora del equipo médico. En este tipo de misiones la acompañan, como mínimo, un mánager financiero y de recursos humanos y otro de logística, así como un cuarto que se encarga de supervisarlos a todos ellos. Aunque sea ese un verbo sin cabida en Médicos Sin Fronteras. Allí la comunicación es horizontal, porque es la única forma de saber en cada momento cuándo alguno de los miembros necesita una pausa o un momento de descompresión.

Hasta diez meses

En estas misiones, que pueden durar hasta diez meses -como la más larga en la que ella participó, una regular en Colombia- se viven con una tensión permanente, aunque haya días en los que no ocurra nada especial. Precisamente para los otros, para los picos es necesaria una válvula de escape. Cada uno tiene la suya, y la de Cruz es la lectura y un momento de soledad. Si no puede tomárselo, lo racionaliza y pospone hasta que sea el momento. Aún así, uno de los errores más comunes es el «efecto película», ese que logra que los primerizos piensen que llegan a un lugar en conflicto y, tras quince días de trabajo intenso, va a quedar resuelto.

Por eso, cuando algún compañero se deja vencer por el desánimo, ella le pide que piense en el mejor momento vivido a lo largo del día, ese pequeño milagro, el de la madre sospechosa de tener ébola que los visita, ya con su bebé sano.

Fuente: lavozdegalicia.es

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