Lo que le pido a España es la oportunidad de vivir

Cuenta que las montañas de Robledo de Chavela (Madrid) le recuerdan a Ruanda, su país, del que tuvo que huir en 1994, cuando los vecinos «empezaron a matarse unos a otros». El genocidio, que en apenas unos meses dejó cerca de un millón de muertos y más de dos millones de desplazados. Entre ellos, él: Émile Christian Dushime. Fue el inicio de una vida de huída que, antes de llegar a Madrid, le llevó a Congo Kinshaha, República Centroafricana y Camerún, donde creyó encontrar la calma. Se equivocaba.

Desde este pueblo de la sierra madrileña, Émile recuerda su exilio mientras los vecinos le paran para charlar. «¡Ya falta poco para que salga la Virgen!», le grita una señora desde el balcón… Escenas de agosto en Madrid.

Émile parece en calma, integrado. Ha alquilado una casa, imparte clases de francés para subsistir y ha encontrado el amor. Pero un expediente abierto le mantiene en vilo y le convierte en uno de los miles solicitantes de asilo que hay en España. Según datos de CEAR, en 2015 se duplicaron las peticiones, alcanzando las 14.881, debido, sobre todo, a los conflictos de Siria y Ucrania. Émile lleva sin respuesta desde 2013.

Recopilamos su éxodo: «Las calles llenas de muertos» de Ruanda marcaron el inicio de un viaje que le llevó a Congo Kinshaha durante año y medio. Pero también allí estalló la guerra e intentó huir junto a su padre y sus hermanas para acabar, durante un año, en el limbo de un bosque, en la frontera con República Centroafricana. «Vivíamos como animales, comiendo lo que podíamos, viendo morir a la gente a tu lado o cómo violaban a miembros de tu familia», recuerda. Cuando al fin logró cruzar la frontera, la situación no mejoró y, en 1998, pasó a Camerún, donde pudo estudiar y vivir en relativa calma hasta que empezó a ejercer como periodista. Pero Émile no se olvidaba de las persecuciones étnicas en Ruanda y lo que publicaba molestó a los poderosos. Empezaron las amenazas.

«Llegó un momento en que las intimidaciones venían de los dos países, de Ruanda y Camerún. Querían matarme», cuenta. Su propio padre, que había sido funcionario en Ruanda y tenía conexiones incómodas, fue asesinado. Además, a su profesión se sumó una cuestión personal convertida en estigma: Émile es homosexual y, aunque lo intentaba, llegó un momento en que no consigue esconderlo. «En la Constitución de Camerún está prohibido y la simple sospecha te puede llevar a la cárcel sin juicio hasta 20 años. En África ser homosexual es similar a ser un demonio», afirma.

Esos recuerdos parecen de otro mundo mientras bromea con su novio en Madrid. Están tramitando el expediente para casarse, viven juntos, todo el mundo los conoce… Ni rastro del miedo. No hay de qué esconderse.

En 2012, por primera vez en su vida, la suerte se puso de parte de Émile en forma de programa de estudios de la UE, que becaba a jóvenes africanos para formarse en Europa con la condición de que volviesen y transmitiesen lo aprendido. Así consigue Émile llegar a España. Y se queda como solicitante de asilo. Es uno más de los números

Lo cierto es que el ‘aterrizaje’ no fue fácil: cuando llegó, Émile sufrió un grave episodio de estrés postraumático que le dejó ingresado, pero gracias a asociaciones como CEAR, que le ofrece asistencia jurídica y psicológica, ha conseguido calmarse. Aunque hay días que… «Hay cosas que no he superado. Cada cierto tiempo vuelve la sensación de amenaza, de inseguridad, tengo un tratamiento de por vida».

Ahora Émile vive pendiente del buzón, con un permiso de trabajo que renueva cada seis meses y la esperanza de convertirse en un ciudadano español más.«Mi situación no es transitoria. No estoy esperando a que acabe una guerra para volver ni soy un emigrante económico que pueda intentarlo en otro país si aquí no me quieren. Estoy amenazado por problemas entre Estados, por entidades muy fuertes… Lo que le estoy pidiendo a España es la oportunidad de vivir. Volver atrás es sinónimo de morir», afirma.

Expedientes sin resolver

El número de peticiones de asilo pendientes de resolver en los 28 países de la UE alcanzaba en mayo de 2016, última cifra oficial, 1.022.685. Sólo España tenía acumuladas 19.595. La ley de asilo de nuestro país regula que en seis meses se debe resolver una petición admitida a trámite. A partir de ese momento, los solicitantes tendrán permiso para trabajar, que deben ir renovando cada tres o seis meses.

Fuente: abc.es

 

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