El autobús extremeño que lleva la esperanza a los niños de Sierra Leona

1014917_1El reloj acaba de dar las seis. Mohamed Pateh conduce con cuidado el autobús que Tubasa donó a la fundación extremeña Atabal y que Don Bosco Fambul ha convertido en la única Unidad Móvil en Freetown. «Salvará muchas vidas de los niños que viven en la calle. Lo ven y vienen corriendo», dice. Hoy aparca en una zona céntrica, donde se cruzan Wallace Johnson Street y Glouster Street, enfrente de la iglesia de San Jorge, al lado del ayuntamiento de la capital sierraleonesa y de una escueta zona comercial donde los pequeños suelen pasar las noches en unos improvisados camastros de tela y tablas de madera.

Poco a poco llegan los primeros. Vienen de las calles colindantes, se asoman, miran cómo los trabajadores sociales montan una carpa y se sientan en los bordillos a esperar. «En las calles tienen sus códigos. Los niños más pequeños se unen a las pandillas, las clics. Es una forma de hacerse más fuertes», explica Jorge Crisafulli, salesiano y director de Don Bosco Fambul. Los primeros en aparecer no superan los 14 años, aunque algunos evidencian síntomas de haber consumido alcohol y marihuana. También Tramadol, un analgésico que compran de manera legal en las farmacias. «Lo usan como droga. Muchos de ellos lo toman antes de cometer delitos y así, si les agarran y les pegan, no sienten demasiado el dolor».

Jorge y los trabajadores sociales saben que el gran secreto para conectar con estos niños es acercarse a ellos, mostrarles confianza. Dentro del autobús, justo delante de la puerta de salida, uno de ellos hace las veces de profesor con una pizarra portátil. A tan solo un metro, Daphne, una enfermera local, atiende uno a uno a los aquejados de alguna lesión. «Lo más normal son las heridas y las torceduras y esguinces. También buscamos enfermedades de transmisión sexual. Los niños viven en la calle, donde hay mucha prostitución, así que algunos de ellos las tienen», comenta mientras cura a Cenroral Duning, un chaval de 16 años. «Se ha quejado de que le duelen los dientes. Y yo creo que tiene un problema de gonorrea», lamenta. La sarna, dice, es otra de las lacras contra las que tiene que luchar como trabajadora de este proyecto.

VIVIR EN LA CALLE / Las horas pasan, la noche toma la ciudad y las historias se suceden dentro del autobús. «Yo vivo en la calle desde que tengo 13 años. A mis padres los mató el ébola y yo me quedé sin nadie», cuenta Alhassan Kamara, un chaval de 15 años que habla un inglés fuertemente mezclado con el Krio, el dialecto local. «Para ganarme la vida transporto basura hasta el vertedero. Consigo unos 3.000 leones (algo menos de cincuenta céntimos de euro). Hay chicos que para comer tienen que vender su cuerpo a gente más mayor. La calle no tiene nada bueno. Todo es malo. Pero la móvil (se refiere al autobús) nos puede salvar», afirma.

Ibrahim Mkonssoy, de 13 años, relata a este periódico una historia parecida. “Le cogí a mi tía 50.000 leones (unos 7 euros). Era un dinero que me había enviado mi padre, pero ella no me lo daba. Se lo robé y me tuve que ir de casa para que no me pegara», cuenta, y relata otro de los problemas que se encuentra: «Gano 2.000 0 3.000 leones al día pero muchas veces la policía me persigue para quitármelo». Ibrahim no es el único niño que se ha tropezado con las autoridades. Seydou Kamara, de 17 años, también los recuerda. «Lo peor son algunas noches, cuando la policía sale a cazarnos. Nos persigue, nos quita el dinero y, a veces, nos manda a la comisaría o a la cárcel. A mí ya me han llevado una vez», recuerda.

Fuera del bus, los trabajadores sociales emplatan el arroz con carne y pescado que Don Bosco Fambul ha preparado para los niños. Terminan de hacerlo y los reparten. Los chavales comen y no se escucha un alma. Hoy (por el miércoles) se han acercado 54. De todos se ha hecho una ficha y los más necesitados pasarán unos meses en la casa salesiana hasta encontrar a algún familiar para reubicarlos. «Si no hubiera venido el autobús… Lo único que le pido a Dios es no acostumbrarme al sufrimiento de estos chicos. Nuestra tarea tiene que ser siempre absorber el dolor y transformarlo en sonrisas», dice Jorge, al que los pequeños llaman Father George. También habló de la misma manera Peligros Folgado, presidenta de la Fundación Atabal, en una entrevista con este periódico unos días antes del inicio de estos reportajes. «Esto era justo lo que necesitábamos», dijo. Tubasa, todo el equipo de Atabal, la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aexcid) y Don Bosco Fambul han conseguido hacer de Freetown un lugar un poquito más bueno. Un poquito más humano.

JOSÉ IGNACIO MARTÍNEZ / elperiodicoextremadura.com
07/05/2017

Anuncios