Mustafá, rescatado de la esclavitud, de la violencia y de tener que disputarle la comida a los perros para sobrevivir

mustafa-aMustafá sólo tiene un punto débil: las cosquillas, el resto es todo bondad. Sin conocerte te abraza, habla por los codos y te responde a todo, aunque no entienda casi nada porque sólo habla krio…

Detrás se esconde otra infancia rota por la esclavitud y los malos tratos. En Don Bosco Fambul ha visto la luz rodeado de otros niños que lo cuidan, de juegos y de cariño que le ayudarán a recuperarse de las heridas y los traumas mientras la Policía investiga su caso y la responsable directa de su situación duerme en la cárcel.

Dice que tiene 10 años, pero no parece que supere los 7. Es risueño, charlatán y te busca para abrazarte, agarrarte y acompañarte a todos los sitios. De nuevo el Childline, el número gratuito 323 que los Salesianos tienen para todo el país, salvó la vida de un menor gracias a la llamada de una vecina.

La llamada al 323 es anónima, gratuita y confidencial, como dice el anuncio que hay repartido en instituciones, que llevan muchos taxis y que se ve a menudo en el lugar más imprevisto de la ciudad. En esta ocasión fue una vecina la que dio la voz de alarma. De nuevo el llanto desgarrador de un menor despertó las sospechas de los malos tratos, aunque en esta ocasión había un agravante distinto: “El pequeño, para comer, tiene que disputarle las sobras de la comida que le echaban a los perros”, denunció por teléfono la voz, que se identificó como una vecina.

Y así fue. Pero lo que se encontraron los Salesianos fue desolador por las cicatrices que tenía por todo su cuerpo el menor: espalda, pecho, cara, cabeza… El caso fue prioritario para la Policía y citaron a la persona responsable del menor, que resultó ser una tía falsa.

Las indicaciones de Don Bosco Fambul fueron claras: “Denuncie el caso a la Policía y nosotros iremos a recoger al niño en cuanto nos avisen de la comisaría más cercana”.

Las historias con menores en Sierra Leona parecen complicarse solas, y ésta no fue una excepción. El padre, de una aldea lejos de la capital, entregó a Mustafá a una tía que vivía en la ciudad con la promesa de que le pagaría los estudios, pero nada de esto ocurrió. Esta persona los vendió y Mustafá estuvo durante varios años esclavizado, obligado a cargar agua con un peso que triplicaba el suyo, atado y comiendo las sobras junto a los perros.

Los castigos físicos, algo por desgracia también demasiado normalizado en el país, le han dejado marcas por todo el cuerpo, y sólo la compasión de una vecina ha conseguido que su explotadora duerma en la cárcel mientras él se recupera en Don Bosco Fambul.

Los latigazos con una caña de mimbre o bambú son una norma no escrita en Sierra Leona. Todos lo saben, todos lo asumen, pero nadie hace nada por cambiar esa realidad. Pueden ser 12 o 24, y lo mismo los dan los padres ante cualquier mínima desobediencia que la policía cuando detiene a un menor que anda solo por la calle. Por eso el ambiente que se respira en Don Bosco Fambul cambia tan rápidamente las caras y los cuerpos de los menores de la calle, esclavizados, repudiados y solos en el mundo, porque la norma es “No con golpes, sino con amor”.

UN PADRE ROTO POR EL DOLOR

A los pocos días de llegar a Don Bosco Fambul, el padre de Mustafá se presentó en el centro con un amigo policía vestido de paisano. Quería ver al menor y saber cómo estaba.

En estos casos, los Salesianos tienen un documento policial que les otorga la custodia del menor y bajo ninguna circunstancia pueden entregarlo ni dejárselo ver a sus familiares, sobre todo para que no influyan en el testimonio de los menores en los juicios.

En esta ocasión, la casualidad quiso que el inquieto Mustafá, todo el día correteando, pasase por delante y viese a su padre. La conversación fue un simple saludo con el niño, pero suficiente para que ambos rompieran a llorar cuando los Salesianos le explicaron por qué estaba allí y le enseñaran el cuerpo lleno de cicatrices del menor.

El llanto del padre hace pensar que no sabía nada y que no se perdona haber entregado a su hijo, pero la Policía lo investiga también por presunto tráfico de menores. Mustafá reconoció después que lloró al ver a su padre hacerlo tan desconsoladamente.

ALBERTO LÓPEZ / Misiones Salesianas

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