Bundu Mansaray

1620219829100Bumbu vive en Sierra Leona en un pueblo que se llama milla 91 (porque está a 91 millas de la capital Freetown).
Durante más de 7 años solo ha podido ver esas cuatro paredes dónde vive ahora.
La silla de ruedas de Fundación Atabal o la bicicleta como él le llama, podrá darle la oportunidad de salir de paseo y acudir a acontecimientos que nunca ha podido hacer desde que ese horrible día se cayó de una palmera y se partió la espalda.
Peligros Folgado, Presidenta de Fundación Atabal
 
 
Es originario de Kamabay, actualmente tiene dos hermanas y tres hermanos, el atendía clases de catecismo con el padre Garayoa religioso agustino (gran Pa, de feliz memoria).
 
Bundu dejo de asistir a sus clases de catecismo por más de tres semanas así que el padre decidió junto con Javier un médico español ir a buscarlo y ver qué pasaba porque era extraño que él no asistiera a clases por tanto tiempo. Era un chico serio.
 
El padre se llevó una gran sorpresa al encontrarlo “tirado como un perro” (en palabras del padre), lleno de ulceras por decúbito y desnutrido.
Su madre le explicó que de camino al campo donde plantaban cacahuete y arroz, había un árbol que tenia las ramas muy grandes y que caían por el camino, que si alguien pasaba por ahí se podría lastimar y le pidió a Bundu que las cortara. Dijo que estaba cansado que iría al día siguiente.
Cuando fue al cortar la rama el cayo junto con esta, ya no se pudo levantar, sus padres fueron a buscarlo porque no volvía… y así empezó su calvario. De un curandero a otro perdieron lo poco que tenían para poder curarlo sin ningún resultado.
 
1620219829112El padre Garayoa audaz como era, se invitó a comer a nuestra casa ya en la sobremesa nos dijo que tenía un chico con unas “heriditas” que lo había llevado al hospital pero que se le complicaba porque no lo podía llevar cada día y que el hospital no había querido admitirlo solo por unas “heriditas”.
“Bueno padre nosotras aquí si alguien necesita curas todos los días, rentamos un cuartito por una o dos semanas y ahí se quedan hasta que las heridas están limpias y sanando…” le conteste.
Quienes conocimos al padre Garayoa sabemos cómo se las ingeniaba para ayudar siempre a quien lo necesitaba e inmediatamente dijo que nos lo traería.
 
Al día siguiente muy de mañana estaba en nuestra clínica de Milla 91 el padre con Bundu y la madre de este. ¡Que escena!
Un chico joven (18 años de edad), desnutrido, pálido y con un olor fétido de heridas infectadas que aun estando al aire libre se respiraba…
“Padre, le dije -como reclamo- me dijiste que este chico tenia unas “heriditas” pero este muchacho se nos muere…”
“Quiero que muera con dignidad en una cama y limpio de sus heridas y no como un perro en el suelo”. Fue su respuesta, palabras muy fuertes. Los ojos de su madre estaban llenos de esperanza esperando un milagro.
 
Lo pasamos a la clínica, lo bañamos, curamos sus heridas, el pobre estaba llagado por todo el cuerpo (como otro Cristo), comió un plato de sopa con pollo. Ese día Bundu volvió a dormir por primera vez, después del accidente que le dejó cuadripléjico.
Es de admirar el enorme sacrificio de su familia, su madre se vino con el dejando atrás a su esposo y a sus niños mas pequeños al cuidado del padre.
Le curamos las heridas y poco a poco fueron cicatrizando (pensaba que no podía caminar ni valerse por si mismo por las llagas y esperaba que una vez sanadas volvería a ser capaz de valerse por sí mismo).
 
Cómo se le explica a un joven de 18 lleno de vida y alegría que no volverá a salir de su cama si no es con ayuda, que no será capaz de comer por sí mismo. Tuvo momentos de oscuridad muy fuertes pero el amor de su madre lo sostuvo y encontrar sentido a esa cama y que desde ahí el puede fortalecer a otros que desde ahí nos anima a seguir adelante en medio de las dificultades.
 
Después de seis meses en Milla 91 la hermana Elisa llevo a la mama de Bundu a visitar a sus hijos a Kamabay y viendo a la niña más pequeña la convenció de traerla consigo y así poco a poco la familia completa se trasfirió al pequeño cuartito donde solo estaría solo dos semanas, sin darnos cuenta había pasado ya un año.
 
A su padre se le busco un trabajo en una compañía de reforestación en Milla 91 y sus hermanos empezaron la escuela adaptándose al lugar y ayudando en todo a los cuidados de Bundu.
 
La habitación que se les rentaba era muy pequeña, en una visita de Fernando Montero decidió financiar una casita donde pudiera estar cómodo dentro de las limitaciones. Con gran alegría e ilusión se les construyó una casa digna. Bundu ha estado rodeado siempre de mucho cariño y él da a cambio siempre palabras de ánimo a otros.
 
Su situación no es fácil sin embargo le ha encontrado sentido. Tiene una familia que lo ha dado todo por él y desde el día del accidente no le ha abandonado se han esforzado en darle lo mejor y dejaron su tribu por cuidarle.
 
Tuve el privilegio de llevarle la silla que Fundación Atabal le envió. Ver su cara de admiración y alegría por la nueva “bicicleta” como él le llama, le hará más llevadero el día y le permitirá salir de la cama y descansar la espalda.
 
Texto: Hermana Adriana, superiora de las Clarisas