José Ignacio Martínez y Oto Marabel lideran el proyecto de micromecenazgo ‘Niñas sin nombre’

20171207_fotografia_sierraleona3Es un principio elemental del periodismo contar historias, hacerlas cercanas al gran público, para traernos otras visiones de la realidad que nos rodea, u otras realidades, a veces, muchas veces, muy poco gratas. Cualquiera de los soportes, bien empleado, tiene fuerza por sí mismo, pero cuando se trata de la imagen se establece una conexión emocional entre retratado y espectador. El fotógrafo es solo un plasmador de realidad, o mejor dicho, un contador de historias que adquieren la fuerza de la empatía.

Y fuerza, mucha fuerza y mucha verdad tienen las imágenes y las historias que relatan en imágenes y texto dos periodistas extremeños, José Ignacio Martínez y Oto Marabel, creadores e impulsores del proyecto www.niñassinnombre.org Esta iniciativa pretende llamar la atención y ayudar a remediar la situación de gravísima marginación a que se ven sometidas muchas niñas en este país africano, empujadas a la prostitución a una corta edad, y excluidas de la sociedad.

Oto Marabel, reportero gráfico que trabajó en reportajes en Sierra Leona, tuvo conocimiento  de la existencia de estas niñas: “El contacto con estas niñas huérfanas en situación de prostitución me hizo ver que tenía que dar un paso más en mi trabajo como foto periodista y conseguir, más allá de los reportajes que hemos hecho para distintos medios contando su historia y dándoles visibilidad social, editar un libro sacando la belleza que yo veía en ellas, una belleza oculta por el terrible entorno en el que viven con mucha sordidez. Se trata de ponerlas en el mapa, de explicar al mundo que son niñas, niñas que quieren ser escuchadas, que tienen una vida y una historia que contar y que merece ser contada”.

José Ignacio Martínez se manifiesta en el mismo sentido: “Sierra Leona tiene, según www.savethechildren.org más de 310.000 niños huérfanos, el 5% de su población total. A estos niños sólo les queda trabajar, pero las niñas no pueden hacerlo. Las echan de todos sitios. Su única salida es la prostitución. Son niñas de entre 13 y 16 años. Nosotros, en Sierra Leona notamos que cuando una ONG ofrecía ayuda a niños las niñas nunca acudían. Y es que el machismo está muy asentado, al menos en África occidental. A nosotros nos cautivó la historia de estas niñas tras dos días hablando con ellas, y decidimos abordar un proyecto más ambicioso, acorde a su valentía, su entereza, su belleza, sus ganas de vivir, de ser médicos, abogadas, enfermeras, ayudar a sus amigas, etc. Por eso decidimos lanzar este proyecto de micromecenazgo”.

De todas las historias que conocisteis en Sierra Leona, ¿Alguna en particular os llamó la atención?
Oto: Alguna no, muchas. Sierra Leona es un país muy cruel con los niños. Una historia sí me llamó la atención. La de una de las niñas con la que hablamos. Se trata de una niña que por la noche se prostituía y por la mañana iba a estudiar. Vestibes, que es su nombre, tiene 15 años. Quedó huérfana, y lucha por salir de la prostitución, aún con problemas como los ocasionados por contar a una compañera del colegio a qué se dedicaba por las noches. A partir de ahí llegaron los episodios de acoso escolar, el malestar en el colegio, etc. Es una historia de superación increíble. Consiguió cambiar de colegio y la ayuda necesaria para seguir adelante. Es un ejemplo perfecto de la fuerza y la entereza de estas niñas, que se nos contagia a nosotros.
José Ignacio: Hay otra niña, Emma Cámara, de 13 años, que llevaba desde los 8 viviendo en la calle. No entendía muy bien qué era prostituirse. Hacía lo que hacía y le daban dinero, y punto. Esta niña ya ha dejado la prostitución. Ahora está aprendiendo zapatería en un taller. En cuanto vio la oportunidad dejó la calle. Desde que los trabajadores sociales la encontraron pasó un día hasta que se presentó en la misión salesiana. Es una niña muy guapa y sonriente, pero muy madura para la edad que tiene, por lo que le ha tocado vivir.

¿Creéis que en nuestro país hay conciencia del drama que se vive en Sierra Leona?
Oto: Creemos que sí, al menos en Badajoz. Aquí tenemos la suerte de que existe la Fundación Atabal, una asociación que nos abrió las puertas y nos ayudó mucho. España es un país muy solidario, muy abierto a ayudar. Estamos encontrando mucha receptividad para el proyecto, y ganas de ayudar.
José Ignacio: Sí hay conciencia, se conocen las situaciones. Pero hay que ir allí y contarlo. No es lo mismo leer un informe que hablar con las menores que lo sufren, y saber reflejarlo con fotos y testimonios. Pero para este tema un reportaje se nos hacía muy corto, muy poco. Es verdad que en España somos muy solidarios. De hecho, en Sierra Leona las oeneges españolas son siempre las mejor valoradas, porque hacen un trabajo buenísimo. Por eso abrimos este micromecenazgo, por ir más allá del reportaje y contar la historia con sus testimonios con la máxima calidad. Pero este proyecto de libro saldrá adelante solo si el público quiere que se la cuenten así, Y la calidad tiene un coste más grande. Allí, con las niñas, montamos un estudio fotográfico profesional. Lo montamos donde viven las niñas, en lo peor de lo peor, para que ellas se sintieran como lo que son, unas niñas muy guapas y valientes. Se sintieron tratadas como princesas, -agrega Oto- cuando muchas de ellas nunca se habían visto en fotografía. Estaban encantadas, en primer lugar de poder contar su historia. Aunque existe precaución al acercarse a ellas y abordar el tema, de repente todo se vuelve sencillo, porque son ellas las que te lo cuentan, con una naturalidad increíble. Se nota que les gusta contarlo, porque no están acostumbradas a pensar que lo que les ocurre a ellas sea importante para nadie. Y menos que dos hombres –y blancos- se acerquen a ellas con el simple propósito de escucharlas, hablar con ellas y acompañarlas un rato, dedicándoles un gesto de cariño y escuchándolas sin juzgarlas.

¿Qué actuaciones de concienciación estáis realizando?
Oto: Nosotros, tras ver lo que hay allí, estamos haciendo lo que mejor sabemos hacer, que es periodismo. Llegamos allí con un proyecto y presupuesto para una semana. Pero entendimos que en ese plazo solo habíamos visto la punta del iceberg, con lo cual invertimos toda la ganancia en quedarnos tres semanas. Y de esas tres semanas salieron diez reportajes, para El Periódico de Extremadura, El País y otros medios. Tocamos todos los temas. Solo queremos contar aquello de la mejor forma posible. Allí están los cooperantes, pero hacen falta periodistas y fotógrafos que cuenten aquella realidad. Y lo muestren con la dignidad y el esfuerzo que merecen. Y eso requiere que, por ejemplo, nos llevemos un estudio profesional de fotografía y dediquemos nuestra vida a ello, cueste lo que cueste.

Entonces ahora, ¿cómo os puede ayudar la sociedad?
José Ignacio: Hemos abierto el mencionado proyecto de micromecenazgo, cuya información está en la página www.niñassinnombre.org Allí se pueden ver algunas de las fotografías que hemos realizado. La web que hemos elegido para hacer el micromecenazgo es la mejor del mundo para estos proyectos. Es la más utilizada y segura. Ha levantado muchos proyectos ganadores de premios. Si el proyecto no finaliza con éxito se devuelve el dinero. Por si alguien está interesado en colaborar, puede hacerlo mediante varias opciones y optar por la tarjeta de crédito o el ingreso directo en cuenta. Los datos registrados en la página servirán para los envíos de los libros. El libro que pretendemos editar saldrá en Inglés y Castellano, puesto que tenemos mucha demanda de fuera de España. Queremos que tenga la máxima difusión.
Cuando hablábamos con las niñas, por aquello de la protección del menor y más aun cuando se trata de huérfanas, les ofrecimos no sacar ni sus caras ni sus nombres reales en los reportajes. Pero ellas pidieron aparecer con su imagen descubierta y sus nombres. Quieren que se les vea, que su historia llegue a todos. Una historia con cara y nombre llega más al lector.

Sierra Leona es ahora punta de lanza de la entrada de China en África ¿Esto tiene alguna repercusión con respecto a los derechos sociales, y más en lo referido a las niñas?
José Ignacio: Tiene repercusión, pero mala. China está entrando en varios países de la zona, como Mali, Liberia, en África occidental, etc. Sierra Leona depende mucho de sus minas, que se cerraron después de la última guerra en este país, reabrieron y se volvieron a cerrar por un brote de cólera y el posterior de ébola, que mató a 2.000 personas en 2014. Tras esto el país quedó sin socios comerciales europeos y estadounidenses, lo cual aprovechó China, que solo en 2016 incrementó su presencia en este país mediante exportaciones en un 45%, según su consejero económico. China tiene poca conciencia de derechos humanos, seamos claros. Los chinos que trabajan en Sierra Leona son presos criminales penados con hasta 30 años en China que redimen condena trabajando en África durante cinco años, aun a riesgo de morir por enfermedades como la malaria. Hacen con las niñas lo que quieren. El gobierno sierraleones no deja ‘tocar’ a los chinos. Ha habido menos problemas para procesar por violación a ministros del Gobierno que a trabajadores chinos. Los chinos pretenden seguir aumentando su presencia comercial en África, en un ejemplo de colonialismo comercial. Además, se ganan el apoyo de la población construyendo infraestructuras y edificios dotacionales, como hospitales y estadios. Pero en los barrios donde viven las niñas, en la zona portuaria, la cara más visible de los chinos son las mafias, a las que las niñas temen porque se las llevan a los barcos donde viven y abusan de ellas rebasando todos los límites; están a su disposición, y no tienen con ellas ninguna consideración.

El Gobierno del país aprobó en 2011 la ‘Sexual act’ o Ley de actos sexuales, que castiga con penas durísimas a los clientes de prostitución infantil. En Sierra Leona una condena de 15 años de cárcel es la muerte segura, por la dureza de las prisiones. Pero estas niñas son invisibles para las autoridades. Sufren violaciones hasta de las propias autoridades, de la policía cuando van a denunciar violaciones. Les roban el dinero que ganan si no acceden a tener sexo. Están expuestas a todo tipo de contagios, pues sus ‘clientes’ se niegan a que usen preservativos… La ley es muy favorable pero no se cumple, ni por jueces, ni por abogados ni por nadie. Conocemos el caso de una de las niñas, agredida por un ‘cliente’, que acudió a Don Bosco, la misión salesiana con graves lesiones. Jorge Crisafulli, misionero argentino salesiano, la llevó a un hospital, y la respuesta que recibió del médico fue que “cómo gastaba el dinero en esa niña, si esa niña era un despojo. Para qué gastar dinero en ella habiendo otra gente que lo necesita”. Esta es la respuesta que da un médico, lo que indica el nivel de degradación social que padecen las niñas. Esa invisibilidad social nos protege. Les importan tan poco las niñas que a nadie le importa quien hable con ellas. De hecho, la primera noche que fuimos a hablar con ellas fueron las mismas niñas quienes nos protegieron para salir del callejón donde viven.

Y es que a la hora de la verdad, solo Misiones Salesianas trabaja en Freetown, la capital, por sacarlas de la calle, atenderlas y dar la cara por ellas. Hay oeneges que les dan preservativos, que les dan comida, pero su gran problema es que ni ellas mismas sienten que sean algo para la sociedad, que tengan derecho a denunciar su situación ni ningún derecho. Necesitan visibilidad, son solo niñas que pasan una mala etapa.

Fuente: Anuncia Maján / grada.es

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La tra­ge­dia in­vi­si­ble de la pros­ti­tu­ción in­fan­til

libroOto Ma­ra­bel y Juan Ig­na­cio Mar­tí­nez, son dos pe­rio­dis­tas que tra­ba­jan para ha­cer vi­si­bles a las ni­ñas que su­fren la pros­ti­tu­ción en Sie­rra Leo­na.

Han es­ta­do un par de ve­ces en Áfri­ca, de don­de sa­ca­ron ma­te­rial para rea­li­zar una de­ce­na de re­por­ta­jes pe­rio­dís­ti­cos y una pri­me­ra en­tre­ga para el li­bro “Ni­ñas sin nom­bre”, que está a pun­to de ver la luz.

Afir­ma Oto que allí han vis­to reali­da­des muy du­ras, pero en­tre ellas des­ta­ca la que su­fren las ni­ñas de­di­ca­das a pros­ti­tuir­se en ese país que ha pa­de­ci­do la gue­rra, lue­go una epi­de­mia de có­le­ra y des­pués otra de ébo­la. Se dice que el 5% de la po­bla­ción to­tal son ni­ños huér­fa­nos. “He­mos pu­bli­ca­do re­por­ta­jes en El País y en El Pe­rió­di­co Ex­tre­ma­du­ra, pero sen­ti­mos que éra­mos ca­pa­ces de ha­cer algo más y que de­be­ría­mos ha­cer­lo. Así que es­ta­mos de­di­ca­dos al 100% a este pro­yec­to”.

Tra­ba­jo jun­to al pa­dre sa­le­siano Jor­ge Cri­sa­fu­lli

Juan Ig­na­cio afir­ma que es di­fí­cil ac­ce­der a es­tas ni­ñas por­que son ni­ñas in­vi­si­bles para la so­cie­dad. Eso fue po­si­ble gra­cias al pa­dre sa­le­siano Jor­ge Cri­sa­fu­lli, del que han re­ci­bi­do mu­cho apo­yo y que lle­va a cabo una gran la­bor con es­tas ni­ñas en Free­town para in­ten­tar sa­car­las de la ca­lle.

“Des­ple­ga­mos un es­tu­dio de fo­to­gra­fía de pri­mer ni­vel, de esos que en Es­pa­ña so­la­men­te se uti­li­za para fo­tos pu­bli­ci­ta­rias y de moda, en un po­bla­do de cha­vo­las don­de vi­ven las ni­ñas y pa­sa­mos dos días con ellas ha­cién­do­les sen­tir que son ni­ñas y tie­nen de­re­cho a ju­gar y a ser tra­ta­das como ni­ñas”, dice Juan Ig­na­cio.

El li­bro en el que tra­ba­jan, tie­ne un “com­pa­ñe­ro de via­je”, ya que los dos co­mu­ni­ca­do­res coin­ci­die­ron en Sie­rra Leo­na con Raúl de la Fuen­te, un di­rec­tor de do­cu­men­ta­les es­pa­ñol, con mu­cha ex­pe­rien­cia en este tipo de do­cu­men­ta­les, que pre­sen­ta­rá uno so­bre el mis­mo tema el día 4 de abril en Ma­drid y, “des­pués de ver nues­tro tra­ba­jo -dice Oto- ha que­ri­do que lo pre­sen­te­mos jun­tos, de ma­ne­ra que este es un pro­yec­to que se es­ca­la, que va a ir su­man­do”.

En Free­town co­no­cie­ron mu­chas reali­da­des per­so­na­les de ni­ñas. “En­tre ellas -re­cuer­da Juan Ig­na­cio- a Emma, una niña con 13 años que ya sa­lió de la pros­ti­tu­ción, ya está apren­dien­do un ofi­cio gra­cias a las Mi­sio­nes Sa­le­sia­nas. Lle­va­ba des­de los 7 años vi­vien­do en la ca­lle y des­de los 8 o 9 pros­ti­tu­yén­do­se. Ellas ha­blan­do con no­so­tros sa­na­ban, nos con­ta­ban sus ilu­sio­nes… To­das as­pi­ra­ban a adop­tar pro­fe­sio­nes para ayu­dar a otras ni­ñas”.

Juan Ig­na­cio y Oto tra­ba­jan aho­ra en Ba­da­joz con el fin de con­se­guir fi­nan­cia­ción para el li­bro. Para ello han lan­za­do una cam­pa­ña de crowd­fun­ding, que con­sis­te en ha­cer que la gen­te se im­pli­que an­tes de que el li­bro sal­ga. Para ello han crea­do una pá­gi­na web: ni­ñas­sin­nom­bre.org. Allí se en­cuen­tran las múl­ti­ples for­mas de co­la­bo­rar, des­de apor­tar una can­ti­dad de di­ne­ro has­ta com­prar el li­bro por ade­lan­ta­do. Si la gen­te co­la­bo­ra el pro­yec­to sal­drá ade­lan­te.

Juan José Mon­tes – Ar­chi­dió­ce­sis de Mé­ri­da-Ba­da­joz

Nuevo curso académico en la Escuela de Enfermería de Mabesseneh

massebeth_escola_enfermeria_1El Campus Docent Sant Joan de Déu asesora esta escuela, con la que está hermanada, dentro de los programas de State Registered Nurse (SRN) y State Enrolled Community Health Nurses (SECHN).

Este año, 110 nuevos estudiantes se han incorporado a la Escuela de Enfermería de Mabessenh para conseguir la titulación de “Diploma en Enfermería”. Este curso el equipo de profesores se ha planteado nuevas estrategias docentes para mejorar la adquisición de nuevos conocimientos a través de visitas a las comunidades locales, talleres de formación extraescolar, adecuación de la sala de habilidades clínicas, etc. Y de este modo continuar con la supervisión de los estudios para que obtengan su acreditación.

La St. John of God Catholic School of Nursing (Mabesseneh) está hermanada desde el año 2007 con el Campus Docent Sant Joan de Déu, contribuyendo a aportar conocimientos y recursos para mejorar la formación de los profesionales, la asistencia, las infraestructuras y los recursos necesarios para el buen funcionamiento de la Escuela.

La noticia completa, aquí.

Fuente: Campus Docent Sant Joan de Déu.

Una familia voluntaria

viajes-2541122w640Ser voluntario no siempre implica una experiencia solitaria. María Basavilbaso decidió viajar a África acompañada por su familia. “Nos convertimos en ciudadanos del mundo, de esos que siempre me habían parecido medio raros. Pero ahora que lo veo desde adentro, siento que es algo muy natural”. Junto a su esposo, Matías, y Cipriano, su hijo de apenas un año y medio, se embarcaron en una aventura hacia Sierra Leona que marcaría un antes y un después en sus vidas.

A María siempre le gustó conocer lugares recónditos y ayudar. En 2016, su marido le hizo una propuesta: “Si llego a entrar al magíster para el que estoy aplicando, los meses anteriores podemos hacer lo que vos quieras”. Así fue como se contactaron con West Africa Rice Company (WARC), una organización social creada por argentinos que se dedica a enseñar buenas prácticas a agricultores de Sierra Leona para potenciar sus cosechas. “Para mí, esto fue una experiencia de vida, nos fuimos casi seis meses allá. Fue vivir un sueño”, agrega María.

Durante ese tiempo, trabajó en un proyecto llamado The Little Orange House (La casita naranja). Este espacio funciona como un centro para el desarrollo de la primera infancia donde se procura nutrición, estímulo y cariño a niños de 3 y 4 años. “Me tocó hacer de todo: desde ayudar en la recaudación de fondos y manejar el presupuesto hasta prever la planificación académica y entrenar a los trabajadores en sus roles y preparar el menú de cada día”.

María tiene mil y una anécdotas. Como aquella primera vez que Cipriano pisó la aldea de Tormabum, a siete horas en auto desde Freetown, capital de Sierra Leona y la ciudad donde estaban instalados. “Chipi tenía un año y cuatro meses. Cada vez que se largaba a caminar por la aldea, varios niños se le sumaban por detrás. Si Chipi apuntaba con el dedo a una cabra y decía: “Meee”, ellos agarraban la cabra y se la alcanzaban para que pudiera tocarla. Si apuntaba a los cocos de una palmera, alguno se subía para bajarle uno. Si tropezaba y caía al suelo, lo ayudaban a levantarse y le limpiaban las rodillas. Algunos adultos se reían y le decían el Rey de Torma”, cuenta María.

Cada viaje a la aldea era una aventura. De un recorrido de siete horas, tres eran por camino de tierra. En medio de la selva, las pequeñas aldeas se intercalan con paisajes frondosos y abundantes. “Cada vez que pasábamos por una aldea, todos los niños salían corriendo a ver al pumuy (blanco) y gritaban a coro pu-muy, pu-muy, pu-muy, como en un juego. Ellos se divertían y nosotros nos reíamos”.

Al igual que Paco y la mayoría de las personas que viajan como voluntarios, María decidió recorrer diferentes ciudades más allá de Tormabum y Freetown. “¡Es un país alucinante! Sobre la costa oeste de África, las playas son lindísimas. También conocimos el Parque Nacional Outamba-Kimili al Norte del país, un viaje largo pero muy interesante”. Para llegar a ese lugar, los autos deben no sólo atravesar un camino de tierra muy áspero sino también el río Little Scarcies en ferry.

Fuente: lanacion.com.ar